Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Planchet se apeó y se encaminó directamente a Lubin, que, efectivamente no lo conoció, y los dos lacayos se pusieron a conversar como dos buenos amigos, mientras D’Artagnan guiaba a los dos caballos hacia una callejuela y, rodeando la casa, volvía para asistir a la entrevista tras un seto de avellanos.

Tras un rato de observación detrás del seto, el gascón oyó el ruido de un coche, y vio que frente a él se detenía la carroza de milady. No cabía duda, la inglesa estaba en la carroza. D’Artagnan se tendió, pues, sobre el cuello de su cabalgadura para ver sin ser visto.

Milady asomó su hechicera y rubia cabeza a la portezuela, y dio algunas órdenes a su doncella.

Esta última, linda moza de veintiuno o veintidós años, ágil y vivaracha, verdadera doncella de gran señora, saltó del estribo en que, según costumbre del tiempo, iba sentada, y se encaminó a la azotea donde D’Artagnan viera a Lubin.

El gascón siguió con la mirada a la doncella y la vio dirigirse hacia la azotea; pero ya fuera casual o bien porque desde el interior de la casa hubiesen llamado a Lubin, lo cierto es que Planchet estaba solo y buscando con los ojos a su amo.

La doncella se acercó a Planchet, a quien tomó por Lubin, y le entregó un billete, diciéndole:

—Para vuestro amo.


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