Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Quien se interesa por vos más que acertara a decirlo querrÃa saber qué dÃa os hallaréis en estado de pasear por el bosque. Mañana aguardará vuestra contestación, en el palacio del Champ du Drap d’Or, un lacayo de librea negra y encarnada.
—Es singular —dijo para sà D’Artagnan—. Por lo que se ve, milady y yo pasamos un mal rato por la salud de la misma persona. —Y, volviéndose hacia Planchet, añadió en voz alta—: ¿Qué tal está m. de Wardes? ¿Conque no ha muerto?
—No, señor, y sigue todo lo bien que le es posible a un hombre que tiene cuatro estocadas en el cuerpo; porque, dicho sea sin agravio, le largasteis cuatro a ese buen hidalgo, y está aún muy endeble a causa de haber perdido casi toda su sangre. Como ya le habÃa dicho a vuestra merced, Lubin no me ha conocido, y me ha contado con pelos y señales nuestra aventura.
—MagnÃfico, Planchet, eres el rey de los lacayos; ahora súbete otra vez sobre tu caballo y demos alcance a la carroza.
Cinco minutos después, D’Artagnan y Planchet vieron la carroza parada en el declive de la carretera, y a la portezuela de ella, a un jinete ricamente ataviado.
Era tan animada la conversación entre milady y el jinete, que D’Artagnan se detuvo en el lado opuesto de la carroza sin que persona alguna, más que la doncella, advirtiera su presencia.