Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Los dos interlocutores sostenían la conversación en inglés, lengua totalmente desconocida para D’Artagnan; pero, en el acento, al mozo le pareció que la inglesa estaba encolerizada en grado máximo. En efecto, milady acabó por dar tan fuerte abanicazo en el canto de la portezuela, que el pequeño utensilio femenino voló en mil pedazos.
El jinete soltó una carcajada que, al parecer, exasperó a milady.
Este fue el momento en que D’Artagnan juzgó adecuado para intervenir, así que se acercó a la portezuela opuesta, y quitándose respetuosamente el sombrero, dijo a milady:
—¿Me dais licencia para ofreceros mis servicios, señora? Me parece que ese caballero ha provocado vuestra cólera. No tenéis más que decirlo, señora, para que le castigue por su falta de cortesía.
Milady, que a las primeras palabras del gascón se había vuelto para mirarlo con asombro, contestó en francés castizo:
—Caballero, me pondría al instante bajo vuestra protección si la persona que conmigo contiende no fuese mi hermano.
—Entonces, perdonad, señora —profirió D’Artagnan—, ignoraba yo tal particularidad.