Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Y quién le manda a ese chorlito meterse en lo que no le importa? —exclamó, bajándose hasta la portezuela, el jinete a quien milady designara como su pariente—. ¿Por qué no sigue su camino?
—El chorlito lo sois vos —dijo D’Artagnan, bajándose a su vez sobre el cuello de su caballo, y contestando al través de la portezuela—; y no sigo mi camino porque me place detenerme aquÃ.
Entonces el jinete dirigió algunas palabras en inglés a su hermana.
—Ved que yo os estoy hablando en francés —profirió D’Artagnan—, asà que hacedme la merced de contestarme en la misma lengua. Sois hermano de la señora, enhorabuena, pero por fortuna no lo sois mÃo.
Pudiera haberse creÃdo que milady, temerosa como suelen serlo las mujeres, iba a interponerse en aquel comienzo de provocación, para impedir que el lance pasara a mayores; pero, al contrario, se metió en la carroza, y gritó con frialdad al cochero:
—¡A casa!
La linda doncella lanzó una mirada de inquietud a D’Artagnan, cuya buena presencia parecÃa haberla interesado.
Partió la carroza dejando cara a cara a los dos hombres, a quienes no separaba ya ningún obstáculo material.