Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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El jinete gobernó a su caballo como para ir atrás de la carroza; pero D’Artagnan, que estaba ya hecho una pólvora, y se encolerizó aún más al conocer en aquel al inglés que, en Amiens, le ganara su caballo y por poco le gana a Athos su diamante, echó la mano a las riendas y lo detuvo.

—¡Mil diablos! —exclamó el mozo—, me parece que sois todavía más chorlito que yo, porque cualquiera diría que olvidáis que entre nosotros hay cierta cuenta pendiente.

—¡Ah! ¿Sois vos? —repuso el inglés—. ¡Caramba! Puede que sí que os sea menester jugar siempre a uno u otro juego.

—Siempre, y esto me recuerda que tengo que tomar sobre vos un desquite. Ea, veamos si manejáis con tanta maestría la espada como el cubilete.

—Ya veis que no la ciño —dijo el inglés—, ¿queréis dároslas de valiente contra un hombre indefenso?

—Supongo que la tendréis en vuestra casa —replicó D’Artagnan—, y si no, yo poseo dos, y si queréis, os presto una.

—Gracias —repuso el inglés—, estoy abundantemente provisto de esta clase de utensilios.

—Pues elegid la más larga y venid a mostrármela esta tarde.

—¿Dónde?


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