Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Aramis acosó al suyo de tal suerte que, después de haber este retrocedido unos cincuenta pasos, acabó echando a correr como alma que lleva el diablo y desapareció en medio del escarnio de los lacayos.
En cuanto a D’Artagnan, se había concretado a la defensiva, hasta que, al ver fatigado a su adversario, lo desarmó de una soberbia estocada. El barón, al verse desarmado, retrocedió dos o tres pasos; pero resbaló y cayó en posición supina.
—Podría mataros, caballero —dijo D’Artagnan al inglés, acercándosele de un brinco y apuntándole a la garganta su acero—; vuestra vida está en mis manos, pero os hago gracia de ella por el amor de vuestra hermana.
D’Artagnan reventaba de gozo; acababa de realizar el plan que de antemano se trazara, y cuyo desenvolvimiento hacía vagar por sus labios las sonrisas de las que hemos hablado en el capítulo anterior.
El inglés, satisfecho de habérselas con un hidalgo tan fácil de contentar, abrazó efusivamente a D’Artagnan y agasajó a los tres mosqueteros, y como el adversario de Porthos ya estaba instalado en la carroza y el de Aramis había tomado las de Villadiego, no pensaron ya más que en el difunto, del cinto del cual se desprendió una bolsa repleta mientras Porthos y Athos lo estaban desnudando con la esperanza de que no fuera mortal la herida que recibiera.