Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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El inglés miró a Athos, creyendo que este se estaba burlando, pero el mosquetero había hablado con toda formalidad.

—Señores —dijo Athos, dirigiéndose a la vez a sus amigos y a sus adversarios—, ¿estamos?

—Sí —respondieron a una ingleses y franceses.

—En guardia, pues —profirió Athos.

Al punto brillaron ocho espadas a los rayos del sol poniente, y la lucha empezó con el encarnizamiento natural entre gentes dos veces enemigas.

Athos esgrimía con la misma tranquilidad y el mismo método que si se hallara en una sala de armas; Porthos, sin duda escarmentado de su excesiva confianza por el lance de Chantilly, hacía primores de destreza y de prudencia, y Aramis, que tenía que dar remate al tercer canto de su poema, trabajaba como quien no tiene tiempo que perder.

El que primero mató a su adversario fue Athos, que en cumplimiento de su promesa tiró al inglés una estocada, una sola, que le atravesó el corazón.

Porthos fue el segundo que tendió al suyo en la hierba con el muslo atravesado; y como el inglés, sin más resistencia, le entregó su espada, el gigante lo tomó en peso y lo llevó a su carroza.


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