Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Su presentación a milady preocupaba grandemente a nuestro gascón, quien recordaba la manera singular como aquella mujer influyera hasta entonces en su vida. Tenía la convicción de que milady era una secuaz del cardenal, y, sin embargo, se sentía arrastrado hacia ella por una fuerza invencible, por una predisposición inexplicable. Lo único que D’Artagnan temía era que milady se acordara de haberle visto en Meung y en Douvres, ya que en este caso sabría que él era uno de los amigos de m. de Tréville y, por lo tanto, que pertenecía en cuerpo y alma al rey, lo cual le haría perder parte de sus ventajas desde aquel punto y hora, puesto que, conociéndole milady como él la conocía a ella, las fuerzas quedarían equilibradas. En cuanto al principio de galanteo entre ella y el conde de Wardes, no preocupaba mucho que digamos al presumido D’Artagnan, por más que aquel fuese joven, apuesto y rico y gozase del aprecio de Richelieu.
Para algo tiene uno veinte años, máxime cuando ese uno ha nacido en Tarbes.
Lo primero que hizo D’Artagnan fue irse a su casa para ponerse de veinticinco alfileres; luego se volvió a la de Athos, a quien, como siempre, se lo refirió todo. Athos escuchó los proyectos de su joven amigo, y cuando este hubo acabado, movió a uno y otro lado la cabeza, y en voz no exenta de amargura le recomendó que fuese prudente.