Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Cómo! —exclamó el mosquetero—, ¿acabáis de perder a una mujer que, según vos, era buena, seductora, perfecta, y ya corréis en pos de otra?

—Yo amaba a mm. Bonacieux con el corazón —repuso D’Artagnan, que conoció la justicia del reproche—, mientras que a milady la quiero con la cabeza. Al hacerme presentar en su casa, busco, en primer lugar, informarme respecto del papel que esa mujer desempeña en la corte.

—Según lo que me habéis dicho, no es difícil deducir qué papel desempeña en ella. Salta a la vista que es una emisaria del cardenal. Esa mujer va a armaros un lazo en el que perderéis la vida.

—¡Diablos! Me parece que veis las cosas a través de un prisma muy sombrío, mi querido Athos.

—¡Qué queréis! Desconfío de las mujeres, amigo mío, y por eso me abstengo de tratarlas, sobre todo a las rubias. ¿No me dijisteis que milady era rubia?

—Como un rayo de sol.

—¡Pobre D’Artagnan! —profirió Athos.

—Ya os he dicho que mi intención es informarme; en cuanto sepa yo lo que me propongo saber, si te he visto no me acuerdo.

—Informaos —dijo Athos de un modo flemático.

Lord Winter llegó a la hora convenida, pero Athos, avisado oportunamente, entró en la segunda pieza.


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