Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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El inglés encontró, pues, solo a D’Artagnan y, como iban a dar las ocho, se lo llevó consigo.

A la puerta de la calle estaba aguardando una elegante carroza, y como de ella tiraba un soberbio caballo, en un abrir y cerrar de ojos el inglés y su acompañante llegaron a la place Royale.

Milady Clarick recibió graciosamente a D’Artagnan… pero antes que se nos olvide, digamos que la morada de aquella era verdaderamente suntuosa, y que por mucho que la mayor parte de los ingleses, ahuyentados por la guerra, salían de Francia, o estaban a punto de salir de ella, milady acababa de hacer nuevos gastos en su casa; lo cual probaba que el decreto de expulsión de los ingleses no la afectaba.

—El caballero —dijo lord Winter, presentando a D’Artagnan a su hermana— es un hidalgo que ha tenido mi vida en sus manos, y que no ha querido abusar de su ventaja, por más que fuésemos enemigos por dos conceptos, pues yo soy quien le ha insultado y, además, soy inglés. Si me tenéis algún apego, señora, dadle las gracias.

A milady se le arrugó ligeramente el ceño, se le nubló la frente de un modo casi imperceptible, y por los labios le vagó una sonrisa tan extraña, que el mozo, a quien no pasara inadvertida aquella triple trasformación, sintió algo así como un escalofrío.


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