Los Tres Mosqueteros

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Lord Winter, que se había vuelto para jugar con el mono predilecto de milady, que le tiraba del jubón, nada vio.

—Bienvenido seáis, señor, y tened la certeza de que los derechos que hoy habéis adquirido a mi gratitud son eternos —profirió milady con una voz cuya suavidad contrastaba extrañamente con los síntomas de mal humor que acababa de notar D’Artagnan.

En esto se volvió el inglés y contó detalladamente lo ocurrido durante el duelo. Milady le escuchó con suma atención; aun así se podía ver, por mucho que ella se esforzara en ocultar sus impresiones, que el relato de lord Winter no le placía. La sangre le afluía al rostro, y sus pequeños pies rebullían bajo su falda.

Lord Winter no se dio cuenta de nada y, cuando hubo terminado, se acercó a una mesa donde estaban servidos en una salvilla una botella de vino de España y algunos vasos, y llenando dos de estos, por señas convidó a beber a D’Artagnan.

Este, sabiendo como sabía que negarse a brindar con un inglés era ofenderle grandemente, se acercó a la mesa y tomó el segundo vaso. Sin embargo, el mozo no había perdido de vista a milady, y observándola en la luna del espejo, vio que aquella, ahora que creía no ser objeto de mirada alguna, mordía con rabia su pañuelo, y que su semblante había cobrado una expresión que tenía algo de feroz.


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