Los Tres Mosqueteros

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En esto entró la linda doncella en quien ya se fijara D’Artagnan, y dijo algunas palabras en inglés a lord Winter, que al punto pidió licencia al gascón para retirarse, pretextando la urgencia del asunto que lo llamaba, y dando a su hermana el encargo de disculparle.

D’Artagnan cruzó un apretón de manos con lord Winter y vino a sentarse nuevamente junto a milady, cuyo rostro había recobrado otra vez y con movilidad sorprendente su expresión graciosa; solo algunas manchitas rojas diseminadas en su pañuelo indicaban que aquella se mordiera los labios hasta arrancarles sangre.

Bueno es decir que milady tenía divinos los labios: parecían de coral.

La conversación tomó un rumbo por demás animado. Milady, ya enteramente repuesta, por lo menos en apariencia, dijo que lord Winter no era hermano suyo, y sí su cuñado, y en cuanto a ella, que era viuda de un segundón, de quien tenía un hijo, único heredero de lord Winter, si es que este no contraía matrimonio. Todo ello le pareció a D’Artagnan como envuelto en un velo, pero todavía no columbraba cosa alguna a través de este.

Por lo demás, al cabo de media hora de conversación, al mozo no le cupo la más mínima duda de que milady era paisana suya; tal era la pureza y la elegancia con que hablaba el francés.


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