Los Tres Mosqueteros

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D’Artagnan se deshizo en frases galantes y en muestras de devoción, y a cuantas sandeces se le escaparon, milady sonrió con benevolencia.

A la hora de retirarse, el mozo se despidió de lady Clarick y salió del salón pisando fuerte y reventando de felicidad.

Ya en la escalera, nuestro gascón se cruzó con la linda doncella, que le rozó suavemente al pasar.

—Perdone vuestra merced que le haya rozado —dijo la doncella con voz dulcísima y poniéndose como una amapola.

—Lo estáis —respondió D’Artagnan.

Este volvió al día siguiente a casa de milady, que le recibió mejor aún que en la víspera. En ausencia de lord Winter fue ella la encargada de rendirle todos los honores de la velada, y le demostró interesarse grandemente por él, preguntándole cuál era su patria y cuáles sus amigos, y si alguna vez había pensado en tomar partido por el cardenal.

D’Artagnan, que, como sabemos, era muy prudente pese a no tener más que veinte años, sintió renacer las sospechas que ya le infundiera milady, de modo que contestó a las insinuaciones de esta haciendo un entusiasta elogio de Richelieu, y diciendo que de haber conocido a m. de Cavois en lugar de a m. de Tréville, estaba seguro de que no habría entrado a servir en los guardias del rey, sino en los del cardenal.


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