Los Tres Mosqueteros

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XXXII

UNA COMIDA DE PROCURADOR

Porthos, a pesar del duelo en que tan brillante papel desempeñara, no se había olvidado de la comida de la procuradora. Al día siguiente, a la una, se hizo dar el último cepillado por Mousqueton y se encaminó a la rue aux Ours con el andar del hombre a quien la suerte se le muestra propicia por partida doble.

Al gigante le latía el corazón, pero no a impulsos de un amor joven e impaciente, como a D’Artagnan; no, le irritaba la sangre un interés más material; por fin iba a atravesar aquel umbral misterioso, a subir aquella escalera desconocida para él y por la cual ascendieran uno a uno los viejos escudos de m. Coquenard; iba a ver con sus propios ojos cierto cofre del que en sueños se le representara repetidas veces la imagen; cofre de forma larga y profunda, cerrado con candados y cerrojos, empotrado en el suelo; cofre del cual oyera hablar con tanta frecuencia, y que las manos de la procuradora, un tanto enjutas, es verdad, pero no exentas de elegancia, iban a abrir ante sus asombrados ojos. Además él, el hombre errante, sin fortuna y sin familia, el soldado hecho a las posadas, figones y tabernas, el sibarita constreñido casi siempre a las comidas a costa de los demás, iba a degustar una comida casera, a saborear las comodidades de una vivienda agradable, a disfrutar de esas pequeñas atenciones a que uno es tanto más sensible cuanto más frío, como dicen los veteranos.


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