Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Sentarse todos los dÃas, y a tÃtulo de primo, a una mesa bien servida, bailarle el agua al procurador y desplumar a los pasantes, enseñándoles las tretas de la baceta, el pasadiez y el sacanete, ganándoles, por vÃa de honorarios, y en una hora, sus economÃas de un mes, a Porthos le parecÃa de perlas.
Porthos recordaba haber oÃdo aquà y allá maldecir de los procuradores, de su mezquindad, de su roñerÃa y del mal trato que se daban en la mesa; pero como, después de todo, salvo ciertos intentos de economÃa que al gigante le parecieron siempre muy intempestivos, mm. Coquenard se habÃa portado con él con bastante liberalidad —para una procuradora, se entiende—, supuso que hallarÃa una casa más que medianamente bien amueblada y provista.
Sin embargo, al mosquetero le asaltaron algunas dudas al llegar a la puerta, pues en realidad el acceso no era como para alentar a la gente. El pasillo era hediondo y oscuro como boca de lobo, la escalera, mal alumbrada por enrejados a través de cuyos barrotes penetraba la luz que venÃa de un patio contiguo, y la puerta del primero era baja y estaba guarnecida de clavos descomunales, al igual que la puerta principal del Grand Châtelet.