Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Sentarse todos los días, y a título de primo, a una mesa bien servida, bailarle el agua al procurador y desplumar a los pasantes, enseñándoles las tretas de la baceta, el pasadiez y el sacanete, ganándoles, por vía de honorarios, y en una hora, sus economías de un mes, a Porthos le parecía de perlas.

Porthos recordaba haber oído aquí y allá maldecir de los procuradores, de su mezquindad, de su roñería y del mal trato que se daban en la mesa; pero como, después de todo, salvo ciertos intentos de economía que al gigante le parecieron siempre muy intempestivos, mm. Coquenard se había portado con él con bastante liberalidad —para una procuradora, se entiende—, supuso que hallaría una casa más que medianamente bien amueblada y provista.

Sin embargo, al mosquetero le asaltaron algunas dudas al llegar a la puerta, pues en realidad el acceso no era como para alentar a la gente. El pasillo era hediondo y oscuro como boca de lobo, la escalera, mal alumbrada por enrejados a través de cuyos barrotes penetraba la luz que venía de un patio contiguo, y la puerta del primero era baja y estaba guarnecida de clavos descomunales, al igual que la puerta principal del Grand Châtelet.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker