Los Tres Mosqueteros

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Porthos llamó con los nudillos, y al llamamiento acudió un pasante alto como un escobón amarillo, y con un bosque de enmarañados cabellos que se le comían el rostro; este saludó con el ademán del hombre que se ve obligado a respetar en otro la elevada estatura y el fornido cuerpo que indican la fuerza, el uniforme militar que muestra la profesión, y el rostro encarnado signo de la costumbre a la buena vida.

Detrás del primer pasante había otro más chico, luego otro más alto, y por último un tagarote de doce años, o lo que es lo mismo, tres pasantes y medio, lo que, en aquel tiempo, anunciaba un estudio de los más acreditados.

Por más que el mosquetero no debía llegar hasta la una, la procuradora estaba al acecho desde el mediodía y contaba con el corazón y quizá también con el estómago de su amante para hacerle anticipar la hora.

Mm. Coquenard llegó, pues, por la puerta de la habitación, casi al mismo tiempo que su convidado lo hacía por la de la escalera, y la aparición de aquella le sacó del atolladero. Efectivamente, Porthos, no sabiendo qué decir a aquella ascendente y descendente escala de pasantes que le miraban con ojos llenos de curiosidad, se estaba callado como un muerto.

—Es mi primo —exclamó la procuradora—. Entre, m. Porthos, entre.


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