Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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El nombre de Porthos despertó la risa de los pasantes, pero en cuanto aquel se volvió y les clavó la mirada, estos recobraron la seriedad.

Mm. Coquenard y Porthos cruzaron el recibidor en el que estaban los pasantes y el estudio donde estos deberían haber estado, entraron en el despacho del procurador, oscuro y atestado de legajos, dejaron a la derecha la cocina y por fin llegaron al salón.

Todas las piezas indicadas, que se comunicaban entre sí, no merecieron de Porthos ningún buen concepto. A través de todas aquellas puertas abiertas y de un extremo a otro de la habitación debían de oírse las palabras; además, el mosquetero había dirigido, al paso, una rápida e investigadora mirada a la cocina, y para dolor de él y vergüenza de la procuradora, no vio en ella ni la lumbre ni la animación que en los instantes que preceden a una suculenta comida suele haber en el santuario de la gula.

Era indudable que el procurador estaba advertido de antemano, pues no manifestó sorpresa alguna al ver a Porthos, que se acercó a aquel con bastante soltura y le saludó cortésmente.

—Por lo que se ve, somos primos, m. Porthos —dijo el procurador, levantándose, a fuerza de brazos, de su sillón de junco.


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