Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros El anciano, que iba envuelto en un jubón holgado y negro dentro del cual se zarandeaba su delgadísimo cuerpo, tenía los ojos pequeños, castaños, pero brillantes como carbúnculos, y gesticulante la boca; todas sus demás facciones parecían muertas. Por desgracia, las piernas empezaban a negarse a sustentar aquella máquina huesuda, y desde hacía cinco meses, que era cuando se iniciara tal endeblez, puede decirse que el procurador había pasado a ser esclavo de su mujer.
De hallarse ligero de piernas, m. Coquenard se hubiera negado a admitir como pariente a Porthos; pero ahora aceptó con resignación el primazgo.
—Sí, señor, somos primos —profirió sin desconcertarse Porthos, que ya había supuesto que el marido no lo recibiría con palmas.
—Por línea femenina, según parece —dijo con malicia el procurador.
Porthos no entendió la ironía y la tomó por una candidez de la que se rió entre dientes; no así mm. Coquenard, que sabiendo como sabía que un procurador cándido es una variedad rarísima de la especie, se sonrió un poco y se sonrojó mucho.