Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros M. Coquenard, no bien hubo visto a Porthos, lanzó una mirada de zozobra a un gran armario frontero de su bufete de roble. Porthos comprendió que aquel armario, aunque por la forma no correspondía al que él viera en su imaginación, debía de ser el bienaventurado cofre, y se regocijó en su alma de que la realidad tuviese seis pies más de altura que la ilusión.
El procurador no llevó más allá sus investigaciones genealógicas, pero desviando del armario su inquieta mirada y posándola en Porthos, se contentó con decir:
—Supongo que nuestro señor primo nos hará la merced de comer una vez con nosotros antes de volverse al campo, ¿no es así, mm. Coquenard?
Ahora recibió Porthos el tiro en la mismísima boca del estómago, y de veras le dolió; y parece que por su parte la procuradora lo sintió también, pues repuso:
—Si ve que le tratamos mal, mi primo no va a volver; en cambio, si le agasajamos, como su estancia en París debe ser muy corta y por consiguiente apenas le quedará tiempo para vernos, no se negará a dedicarnos todos o casi todos los instantes de que pueda disponer antes de su partida.
—¡Oh! Piernas mías, mis pobres piernas, ¿qué ha sido de vosotras? —murmuró Coquenard mientras hacía un esfuerzo por sonreír.