Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros El socorro que llegara a Porthos en el instante en que viera vulneradas sus esperanzas gastronómicas inspiró al mosquetero la más profunda gratitud hacia la procuradora.
Llegada la hora de comer, que no se hizo esperar, se encaminaron todos al comedor, que era una pieza oscura, situada frente a frente de la cocina.
Los pasantes, que al parecer olieron emanaciones culinarias insólitas en aquella casa, se habÃan presentado con puntualidad militar, y sostenÃan en las manos sendos taburetes para sentarse en ellos a la primera señal, y como si de antemano saborearan ya las viandas, movÃan las mandÃbulas de un modo que daba miedo.
¡Rediós!, dijo para sà el mosquetero, lanzando una mirada a los tres hambrientos, pues, como ya lo habrá imaginado el lector, el tagarote no era admitido a la mesa magistral. ¡Rediós! Yo de mi primo no conservarÃa a mi lado a tales glotones. Se dirÃa que son náufragos que no han comido en seis semanas.
M. Coquenard entró, sentado en su sillón de ruedas y empujado por su mujer, a quien Porthos prestó ayuda.
No bien estuvo a la mesa, el procurador movió la nariz y las mandÃbulas, a imitación de sus pasantes, y exclamó:
—¡Caramba! Está rica la sopa.