Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Pero, ¿qué diablos huelen de extraordinario en esa sopa?, dijo para sí Porthos al ver aquel caldo descolorido, abundoso pero del todo ciego, en el cual, como las islas de un archipiélago, nadaban hasta media docena de diáfanas rebanadas de pan.
Mm. Coquenard sonrió y, a una señal suya, todos se sentaron apresuradamente; luego aquella sirvió a su marido y a Porthos, y una vez hubo llenado su propio plato, distribuyó las rebanadas, sin caldo, a los famélicos pasantes.
En esto se abrió por sí y chirriando la puerta del comedor, y a través de las entreabiertas hojas Porthos divisó al tagarote, que no pudiendo tomar parte en el festín, estaba comiendo su pan en medio de las suculentas vaharadas que partían de la mesa y de la cocina.
Después de la sopa, la criada sirvió una gallina cocida y, como si fuera algo magnífico, hizo dilatar de tal suerte los párpados de los comensales, que no parecía sino que iban a partírseles.
—Se ve que tenéis mucho apego a vuestra familia, mm. Coquenard —dijo el procurador, sonriendo de modo casi trágico—; seguro que esta es una galantería que hacéis a vuestro primo.