Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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La pobre gallina, que de tan seca parecía un puñado de astillas, estaba cubierta de una de esas gruesas y erizadas pieles que los huesos nunca consiguen agujerear, pese a su continuado esfuerzo; seguro que para encontrarla en la percha donde se retirara para morir de vejez había sido necesario mucho tiempo.

¡Diablos!, dijo mentalmente Porthos, el caso es demasiado triste; yo respeto la vejez, pero cocida o asada no me interesa en absoluto.

Y el mosquetero tendió la mirada en torno suyo para ver si los demás compartían su opinión; pero solo vio ojos radiantes que devoraban anticipadamente aquella gallina sublime, blanco de su menosprecio.

Mm. Coquenard se acercó la fuente, separó del ave y con destreza las dos negras patas y las puso en el plato de su marido; cortó el cuello y, junto con la cabeza, lo puso aparte para sí, quitó un ala para Porthos y entregó el animal a la sirvienta que acababa de servirlo, quien lo devolvió a la cocina casi intacto y desapareció antes de que el mosquetero pudiese haber examinado las variaciones que un revés imprime en los rostros según el caracter o el temperamento de los que lo sufren.

Tras la gallina sirvieron una descomunal fuente de habas, entre las cuales hacían como que se asomaban algunos huesos de carnero que, de pronto, podría uno haber creído que iban acompañados de carne.


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