Los Tres Mosqueteros

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Sin embargo, los pasantes no se engañaron con aquella superchería, y sus lúgubres caras tomaron la actitud de la resignación.

Mm. Coquenard distribuyó las habas entre los pasantes con la moderación de una buena ama de casa.

Una vez hubo llegado el vino, que lo sirvieron en una botella de greda por demás raquítica, el procurador escanció hasta la tercera parte de un vaso a cada uno de los pasantes, vertió en el suyo una porción casi igual, y luego acercó la botella a su mujer y a Porthos.

Los pasantes suplieron con agua la diferencia hasta llenar sus vasos, y como esta operación la repitieron a cada trago, de ahí que al final de la comida, en vez de envasar una bebida color de rubí, se echaron entre pecho y espalda un líquido del color del topacio tostado.

Porthos comió tímidamente su ala de gallina, y se estremeció al sentir por debajo de la mesa el contacto de la rodilla de la procuradora; lo cual no impidió que se bebiera medio vaso de aquel vino baratísimo, que él reconoció estar elaborado con la horrible uva de Montreuil, terror de los paladares delicados.

El procurador le miró beberse aquel vino puro y lanzó un suspiro.

—¿No probáis esas habas, primo Porthos? —profirió mm. Coquenard con acento que quería decir: creedme, no comáis.


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