Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —El diablo cargue conmigo si las pruebo —dijo entre dientes el mosquetero, y en voz alta añadió—: Gracias, prima, no tengo más apetito.
Por unos instantes reinó el más profundo silencio, durante el cual Porthos no sabÃa qué postura tomar.
—¡Ah! Mm. Coquenard, mm. Coquenard, mm. Coquenard —exclamó por fin el procurador—, os doy mil enhorabuenas, la comida ha sido un verdadero festÃn. ¡Caramba, lo que he comido! ¡Estoy hasta el cuello!
M. Coquenard habÃa comido su ración de sopa y las negras patas de la gallina y roÃdo el único hueso de carnero al que estaban pegadas algunos restos de carne.
Porthos tuvo por cierto que se estaban burlando de él, y empezó a manosearse los bigotes y a fruncir el ceño; pero la rodilla de la procuradora acudió dulcemente para aconsejarle paciencia.
Aquel silencio y la interrupción del servicio, que para Porthos eran incomprensibles, tenÃan una explicación terrible para los pasantes, quienes a una mirada del procurador, acompañada de una sonrisa del ama, se levantaron de la mesa con gran lentitud, doblaron con más lentitud todavÃa sus servilletas, saludaron y se fueron.
—Venga, muchachos —les dijo con toda gravedad el procurador—, id a hacer la digestión trabajando.