Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Cuando hubieron salido los pasantes, mm. Coquenard se levantó y sacó de un aparador un pedazo de queso, un trozo de carne de membrillo y un pastel de almendras y miel amasado con sus propias manos.
El procurador frunció el ceño, porque veía un número excesivo de platos; Porthos repulgó los labios, porque veía que no había qué comer.
Entonces el mosquetero buscó con los ojos la fuente de las habas, pero, ¡ay!, las habas ya habían desaparecido.
—Lo que yo he dicho —exclamó m. Coquenard, zarandeándose en su sillón—, un verdadero festín, epuloe epularum; Lúculo come en casa de Lúculo.
Porthos fijó los ojos en la botella que tenía junto a sí, y esperaba que podría suplir la deficiencia de los platos que sirvieran con vino, pan y queso; pero ni en la botella había vino, y ni el procurador ni su mujer dieron muestras de haberlo notado.
De acuerdo, dijo Porthos para sus adentros, me doy por advertido.
El mosquetero lamió una cucharadita de confitura y enviscó los dientes en la pegajosa pasta de la procuradora.
Ya está consumado el sacrificio, dijo mentalmente Porthos. ¡Ah, si no me alentase la esperanza de inspeccionar con mm. Coquenard el armario de su marido!