Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Tras las delicias de una comida a que él llamaba un exceso, el procurador sintió necesidad de echar la siesta; pero por más que el mosquetero supusiera que Coquenard iba a pegar los ojos inmediatamente y en el comedor mismo, el maldito procurador se empeñó en que lo condujeran a su despacho, y no cesó de gritar hasta que estuvo enfrente de su armario, en el borde del cual, y para mayor precaución, puso los pies.
La procuradora hizo entrar a Porthos en una pieza contigua, y los dos empezaron a sentar las bases de la reconciliación.
—Podéis venir tres veces a la semana —dijo mm. Coquenard.
—Gracias —contestó Porthos—, no quiero abusar; por otra parte, debo pensar en mi equipo.
—Es verdad —profirió la procuradora, lanzando un gemido.
—¡Ay! Él es el que me trae de cabeza —repuso Porthos.
—Pero ¿de qué se compone el equipo de vuestro cuerpo?
—De muchas cosas, mm. Coquenard —respondió Porthos—; como sabéis, los mosqueteros son soldados escogidos, y necesitan muchos objetos que de nada sirven a los guardias ni a los suizos.
—Bueno, sí, pero hacedme la merced de enumerármelos.