Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Lo cual puede subir a… —dijo Porthos, que prefería discutir la suma a hablar de los sumandos.

—¿A cuánto? Supongo que no pasará de… —profirió la procuradora, atragantándosele la voz y temblándole las carnes.

—¡Oh! No pasa de dos mil quinientas libras —respondió el mosquetero—, y aun tengo para mí que, escatimando, con dos mil libras saldría del apuro.

—¡Dios me valga! ¡Dos mil libras! ¡Pero si esto es una fortuna! —exclamó mm. Coquenard.

Porthos hizo una mueca por demás significativa.

—Si os he pedido la enumeración —dijo la procuradora, que comprendió al mosquetero—, es porque teniendo, como tengo, muchos parientes y muchos conocidos comerciantes, estaba segura de obtenerlo todo a la mitad del precio que vos.

—Eso ya es distinto —repuso Porthos.

—Pues eso quería yo decir —profirió mm. Coquenard—. Ante todo, ¿no necesitáis un caballo?

—Sí, señora.

—Pues precisamente puedo proporcionaros uno que ni pintado.

—Queda ya zanjado este punto —dijo Porthos, radiante de alegría—; luego necesito los arneses, que se componen de objetos que solo puede comprar un mosquetero, y que, por lo demás, no costarán más de trescientas libras.


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