Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Trescientas libras, entonces pongamos trescientas libras —exclamó la procuradora, exhalando un suspiro.

Porthos se sonrió; y es que, como recordará el lector, ya poseía la silla procedente de Buckingham, lo que significaba que tenía la intención de meterse solapadamente trescientas libras en el bolsillo.

—Después —continuó el mosquetero—, me hace falta un caballo para mi lacayo y una maleta; respecto de las armas, no debéis preocuparos por ellas, las poseo.

—¡Un caballo para vuestro lacayo! —profirió la procuradora, titubeando—. Este es un lujo de gran señor, amigo mío.

—¡Señora! —dijo con altivez Porthos—. ¿Por ventura soy un mendruguero?

—No; lo que yo quería deciros es que a veces una buena mula luce lo que un caballo, y me parece que procurándoos una mula lucia para vuestro lacayo…

—De acuerdo —profirió Porthos—; bien mirado, no andáis tan desencaminada como eso, que yo he visto muy altos señores españoles con su séquito montado en mulas. Pero ya comprenderéis que una mula sin penachos y cascabeles…

—Tranquilizaos —dijo la procuradora.

—No falta más que la maleta.


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