Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Este es punto muy fácil de resolver —dijo mm. Coquenard—, mi marido tiene cinco o seis, y podréis escoger como entre peras; particularmente, hay una que él tenía en gran estima cuando solía viajar, y en la cual cabe un escuadrón.

—¿Conque está vacía? —preguntó Porthos con candidez.

—Es más que seguro —respondió con igual candidez la procuradora.

—¡Ah! Pues yo la necesito bien proveída, querida —repuso el mosquetero.

Mm. Coquenard lanzó un rosario de suspiros. Molière no había escrito aún su escena del Avaro; por tanto, la procuradora es anterior a Harpagon.

El resto del equipo fue discutido de la misma manera; y el resultado de la sesión fue que mm. Coquenard daría ochocientas libras en dinero, y proporcionaría el caballo y la mula que tendrían la honra de conducir a la gloria a Porthos y a Mousqueton.

Fijadas estas condiciones, el mosquetero se despidió de la procuradora, que no hacía más que dirigirle miradas de ternura para retenerlo; pero Porthos pretextó exigencias del servicio, y mm. Coquenard se vio obligada a ceder el paso al rey.

El mosquetero entró en su casa con hambre canina y un mal humor de mil diablos.


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