Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Venid, pues.
Ketty, que no habÃa soltado la mano de D’Artagnan, lo condujo por una oscura escalera de caracol, y después de haberle hecho subir unos quince peldaños, abrió una puerta.
—Entrad, señor caballero —dijo la doncella—, aquà estaremos solos y podremos conversar.
—¿A quién pertenece este dormitorio, mi hermosa niña? —preguntó D’Artagnan.
—Es el mÃo, señor caballero —respondió Ketty—; comunica con el de mi señora por esta puerta. Pero nada temáis, como mi ama nunca se acuesta antes de medianoche, no podrá oÃrnos.
D’Artagnan tendió en torno de sà una mirada investigadora, y vio que el pequeño dormitorio era modelo de buen gusto y de limpieza; luego, y a pesar suyo, clavó los ojos en la puerta que, según la doncella, comunicaba con el dormitorio de milady.
—Mucho amáis a mi señora, señor caballero —dijo Ketty, adivinando lo que pasaba en el espÃritu del mozo y lanzando un suspiro.
—Más que no me serÃa dable el decirlo; estoy loco por ella —contestó D’Artagnan.
—¡Ay!, señor, es una lástima —profirió Ketty, suspirando nuevamente.
—¿Y qué diablos ves tú de triste en esto? —preguntó D’Artagnan.