Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Es que mi ama no os quiere pizca, señor —respondió la doncella.
—¿Cómo? —exclamó D’Artagnan—. ¿Por ventura te ha encargado tu ama que me lo dijeses?
—No, señor; pero como me intereso por vos, he resuelto decÃroslo.
—Gracias, mi buena Ketty —dijo D’Artagnan—, pero solamente por la intención, porque ya ves tú que la confidencia no es nada agradable.
—Lo cual quiere decir que no me creéis —repuso la doncella.
—Siempre se le hace a uno cuesta arriba creer tales cosas, aunque solo sea por amor propio.
—Veo que no me creéis.
—Francamente, hasta que me des una prueba de lo que me has dicho…
—¿Qué os parece esta? —profirió Ketty, sacando de su faltriquera una carta.
—¿Para m� —dijo D’Artagnan, apoderándose con viveza del billete.
—No, para otro.
—¿Para otro?
—SÃ, señor.
—¡Su nombre! ¡Su nombre! —exclamó D’Artagnan.
—Consta en el sobre.
—¡El conde de Wardes!