Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Al presumido gascón se le refrescó inmediatamente el recuerdo de lo ocurrido en Saint-Germain, y con una rapidez superior a la del pensamiento rasgó el sobre, sin hacer caso del grito en que prorrumpiera Ketty al ver lo que él iba a hacer, o más bien lo que estaba haciendo.
—¡Oh! —exclamó la doncella—, ¿qué hacéis?
—¿Yo? Nada —respondió D’Artagnan, que abrió la carta y leyó lo siguiente:
No he recibido contestación a mi primer billete; ¿acaso estáis aún doliente, u os olvidáis de la manera como me mirasteis en el baile de mm. de Guise? Ya que la ocasión se os ofrece, no la dejéis escapar, conde.
D’Artagnan palideció intensamente; fue herido en su amor propio, y se creyó herido en su amor.
—¡Pobre m. D’Artagnan! —dijo la doncella con acento inequívocamente compasivo y estrechando otra vez la mano del mozo.
—¡Ah! ¿Me compadeces, mi buena Ketty? —repuso D’Artagnan.
—De todo mi corazón, pues sé lo que es amar.
—¿Tú sabes lo que es amar? —profirió el mozo, mirando por primera vez con cierta intención a la doncella.
—¡Ay! Sí, señor.