Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —En este caso, en lugar de compadecerme, lo mejor que podrÃas hacer serÃa ayudarme a tomar venganza de tu señora.
—¿Y de qué manera querrÃais vos vengaros, señor caballero?
—Triunfando con ella, suplantando a mi rival.
—En eso no os ayudaré yo, señor —contestó Ketty con viveza.
—¿Por qué? —preguntó D’Artagnan.
—Por dos razones: la primera, porque mi señora nunca os amará.
—¿Qué sabes tú?
—La habéis irritado hondamente.
—¡Yo! ¿Y en qué puedo haberla irritado, si desde que la conozco vivo a sus pies como un esclavo? Hazme el favor de explicarte, Ketty.
—Eso no lo diré yo nunca más que al hombre… que lea hasta lo más recóndito de mi alma.
D’Artagnan miró por segunda vez a Ketty, que tenÃa un frescor y una hermosura que muchas duquesas hubieran comprado al precio de su corona.
—Ketty —dijo D’Artagnan a la doncella—, siempre y cuando quieras leeré yo en lo Ãntimo de tu alma; no quede por eso, mi querida niña.
Y el mozo dio a Ketty un beso que hizo cobrar a la pobre muchacha el color de la cereza.