Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Oh, no! —exclamó la doncella—, vos no me amáis; a quien amáis es a mi señora, vos mismo lo habéis dicho hace poco.
—¿Y esto es lo que te impide darme a conocer la segunda razón? —repuso D’Artagnan.
—La segunda razón, señor caballero —dijo Ketty, alentada por el beso primero y luego por la expresión de los ojos del mozo—, es que en achaques de amor cada uno lleva el agua a su molino.
Entonces, solo entonces, recordó D’Artagnan el apasionado mirar de Ketty, sus encuentros en la antesala, en la escalera y en el pasillo, sus roces de mano y sus ahogados suspiros; absorbido por el deseo de ser agradable a la gran dama, habÃa desdeñado a la doncella, pero ¿qué cazador de águilas para mientes en los gorriones?
Pero ahora nuestro gascón vio de una sola ojeada todo el partido que podÃa sacarse del amor que la doncella acababa de declarar de una manera tan cándida, o tan desvergonzada si se quiere: interceptación de las cartas dirigidas al conde de Wares, contactos en la plaza, y entrada a todas horas en el dormitorio de Ketty, contiguo al de su amada. Como se ve, el pérfido sacrificaba ya mentalmente a la pobre muchacha para conseguir a milady de grado o por fuerza.
—Pues bien —dijo el mozo a la doncella—, ¿quieres que te dé una prueba de ese amor del que dudas?