Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿De qué amor? —preguntó la muchacha.
—Del que estoy pronto a sentir por ti.
—¿Y qué prueba es esa?
—¿Quieres que esta noche pase a tu lado el tiempo que acostumbro a pasar junto a tu ama?
—SÃ, sà —respondió la doncella, batiendo palmas.
—Pues bien, mi querida niña —dijo D’Artagnan, sentándose en un sillón—, ven aquà para que te diga que eres la más hermosa doncella que he visto en mi vida.
Y nuestro gascón se lo dijo a Ketty con acento tan persuasivo, que la pobre muchacha, que no deseaba sino creerle, le creyó… Con todo eso, y con gran admiración de D’Artagnan, la linda doncella se defendÃa muy resueltamente.
El tiempo trascurre muy veloz, cuando se pasa en ataques y defensas.
En esto sonó la medianoche, y casi al mismo tiempo se oyó un campanillazo en el dormitorio de milady.
—Idos al instante —exclamó Ketty—, mi señora me está llamando.
D’Artagnan se levantó, cogió su sombrero como si hubiese tenido la intención de obedecer, y abriendo con rapidez la puerta de un gran armario en lugar de abrir la de la escalera, se apelotonó en él en medio de los vestidos y de los peinadores de milady.