Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Qué hacéis? —dijo la doncella.
D’Artagnan, que al abrir la puerta del armario habÃa cuidado de apoderarse de la llave, se encerró allà sin responder palabra.
—¿Estáis durmiendo, que no venÃs cuando llamo? —gritó milady con voz áspera y abriendo de un voleo la puerta de comunicación.
—Aquà estoy, señora, aquà estoy —respondió la muchacha, acercándose precipitadamente a su ama.
Las dos mujeres entraron en el dormitorio, y como la puerta de comunicación quedó abierta, D’Artagnan pudo todavÃa, por espacio de algún tiempo, oÃr cómo milady regañaba a su doncella; luego milady se apaciguó, y la conversación recayó en él mientras Ketty aderezaba a su señora.
—Esta noche no he visto al gascón —dijo milady.
—¡Cómo! ¿No ha venido? —profirió la doncella—. ¡Si será voluble antes de alcanzar la dicha!
—No, debe de ser que m. de Tréville o m. Des Essarts le han impedido venir. Soy perita en la materia, y sé que a ese le tengo cogido.
—¿Y qué hará con él mi señora?
—¿Qué? Ya lo verás; entre ese hombre y yo hay algo que él ignora… Por poco me desacredita a los ojos de su eminencia… ¡Oh! ¡Me vengaré!
—Pues yo creà que mi señora le amaba.