Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Yo! ¡Amarle, yo! ¡Le detesto! ¡Un necio que tiene en sus manos la vida de lord Winter y no lo mata, haciéndome perder con su boberÃa trescientas mil libras de renta!
—Es verdad —dijo la doncella—, vuestro hijo es el único heredero de su tÃo, y hasta su mayor edad vos habrÃais usufructuado sus bienes.
D’Artagnan sintió frÃo en los huesos al escuchar que aquella delicada criatura le reprochaba con la voz estridente, que apenas conseguÃa disimular en la conversación, el que no hubiese matado a un hombre a quien él viera colmar de atenciones a la misma que anhelaba su exterminio.
—Y ya me hubiera vengado de él —continuó milady—, si el cardenal, sin que yo sepa por qué, no me hubiese recomendado que le tratase con miramientos.
—Mi señora no se ha andado con ellos con la mujer a quien él amaba.
—¿La mercerilla de la rue des Fossoyeurs? ¡Bah! ¿Y tú crees que él no la ha olvidado ya? ¡Pues vaya una venganza! ¡SÃ!
D’Artagnan tenÃa la frente bañada de frÃo sudor; aquella mujer era un monstruo.
El mozo aguzó nuevamente el oÃdo, pero por desgracia ya estaba listo el tocado.