Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Bueno —dijo milady—, vuélvete a tu cuarto, y mañana ve a obtener respuesta a la carta que te he confiado.
—¿Para m. de Wardes? —dijo Ketty.
—¡Y pues!
—He aquà uno que me parece todo lo contrario del pobre m. D’Artagnan —repuso la doncella.
—He dicho que te vayas —replicó milady—, no me placen los comentarios.
D’Artagnan oyó cómo cerraban la puerta, asà como el ruido de dos cerrojos que echaba milady para encerrarse en su dormitorio; la doncella, por su parte, pero tan calladamente como pudo, dio una vuelta a la llave.
—¿Qué os pasa que estáis tan pálido? —preguntó Ketty al mozo al volverse y ver que este salÃa del armario en un estado fÃsico que daba lástima.
—¡Oh, mujer abominable! —murmuró D’Artagnan.
—Silencio y salid —dijo la muchacha—, este dormitorio y el de mi ama no están separados más que por un tabique, y desde el uno se oye cuanto se dice en el otro.
—Pues por eso mismo no me voy —repuso D’Artagnan.
—¿Cómo? —profirió la doncella, sonrojándose.