Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Poco después que D’Artagnan, llegó Porthos, con lo que se hallaron reunidos los cuatro amigos, cuyos rostros traducÃan otros tantos diferentes estados de espÃritu: en el de Porthos se traslucÃa la tranquilidad, en el de D’Artagnan, la esperanza, la inquietud en el de Aramis, y en el de Athos, la indiferencia.
Al cabo de un instante de conversación en la que Porthos dejó entrever que una persona de cuenta se habÃa encargado de sacarle de apuros, entró Mousqueton, quien con un aspecto de lo más triste dijo a su amo que le estaban aguardando en su casa para un asunto urgente.
—¿Son mis equipos? —preguntó Porthos.
—Sà y no —respondió Mousqueton.
—Pero, en fin, ¿no puedes decirme…?
—Venid, mi amo.
Porthos se levantó, saludó a sus amigos y siguió a Mousqueton.
Poco después Bazin se presentó en el umbral.
—¿Qué hay, amigo mÃo? —preguntó Aramis con la melosidad que acostumbraba cada vez que sus pensamientos le inclinaban hacia la Iglesia.
—Os está aguardando un sujeto en vuestra casa.
—¿Qué sujeto?
—Un mendigo.
—Dadle una limosna y que ruegue por un pobre pecador.