Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan se levantó y cogió su sombrero, y al tenderle milady la mano para que se la besara, sintió como aquella le estrechaba la suya, no en señal de coquetería, sino de gratitud por su partida.
Le ama con frenesí, dijo al salir y entre dientes el mozo.
Ahora Ketty no aguardaba a nuestro gascón ni en la antesala, ni en el corredor, ni bajo la puerta principal. Así pues, D’Artagnan se vio constreñido a dar por si solo con la escalera y el aposento de la doncella, que estaba sentada en una silla, con la cabeza escondida entre las manos y llorando.
Ketty oyó entrar a D’Artagnan, pero no levantó la frente; y al acercarse a ella el mozo y cogerle las manos, rompió en zollipos.
Como D’Artagnan presumiera, milady, al recibir la carta, arrebatada por el delirio de su gozo, se lo había dicho todo a su doncella, y le había regalado una bolsa en recompensa del buen desempeño de su cometido.
Ketty, al regresar a su dormitorio, había arrojado la bolsa a un rincón, y allí continuaba, abierta y desbordando tres o cuatro monedas de oro sobre la alfombra.
Al sentir las caricias de D’Artagnan, la desdichada levantó la cabeza y enclavijó los dedos con ademán de súplica, pero sin atreverse a proferir palabra.