Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Por muy poco sensible que fuese el corazón del mozo, este, al ver el trastornado semblante de la doncella, no pudo menos que enternecerse ante aquel dolor mudo; pero estaba demasiado aferrado a sus proyectos y principalmente al que había trazado respecto de milady para modificar en un detalle el programa previamente planeado. D’Artagnan no dejó, pues, a la muchacha esperanza alguna de conmoverlo; lo único que hizo fue presentar su acción a los ojos de la doncella como una simple venganza; venganza que, de otra parte, era tanto más fácil cuanto milady, indudablemente para esconder su rubor a su amante, había recomendado a Ketty que apagara todas las luces de la habitación, incluso las de su dormitorio.
Hay que decir que Wardes debía salir antes del alba, mientras todavía fuera oscuro.
Poco después Ketty y D’Artagnan oyeron como lady Clarick entraba en su dormitorio, y el mozo se escondió inmediatamente en el consabido armario, en el que apenas se había acurrucado cuando sonó la campanilla.
La doncella entró en el dormitorio de su ama, pero no dejó abierta la puerta; sin embargo, era tan delgado el tabique, que D’Artagnan pudo oír casi todo lo que dijeron las dos mujeres.