Los Tres Mosqueteros

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Milady, al parecer ebria de gozo, hacía que su doncella le repitiese todas las menudencias de su supuesta entrevista con Wardes, cómo recibiera su carta el conde, qué había contestado, cuál era la expresión de su rostro, si parecía estar rendidamente enamorado; preguntas a las cuales la triste muchacha, obligada a mostrarse serena, respondía con voz atragantada, sin que su señora notase ni siquiera la inflexión dolorosa, tan egoísta es la felicidad.

Como ya estaba cercana la hora de su cita con el conde, milady hizo apagar todas las luces de su aposento y ordenó a Ketty que se volviera a su cuarto para introducir a Wardes tan pronto se presentara.

Poco tuvo que esperar la doncella. En efecto, apenas D’Artagnan hubo visto, a través del ojo de la llave de su armario, que en la habitación reinaba la más completa oscuridad, salió de su escondrijo en el instante mismo en que la muchacha cerraba la puerta de comunicación.

—¿Qué ruido es ese? —preguntó milady.

—Soy yo —respondió D’Artagnan a media voz—; yo, el conde de Wardes.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! —murmuró Ketty—. Si ni siquiera ha podido aguardar la hora fijada por él mismo.


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