Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Qué hay? ¿Por qué no entra? —dijo con voz trémula milady; y luego añadió—: Conde, conde, ya sabéis que os estoy aguardando.
A este llamamiento, D’Artagnan apartó de sà y con suavidad a la doncella y entró disparado en el dormitorio de milady.
Si la rabia y el dolor deben martirizar un alma, esa alma es la del amante que bajo otro nombre que el suyo escucha súplicas de amor dirigidas a su afortunado rival.
D’Artagnan se hallaba en situación dolorosa, imprevista; los celos le mordÃan el corazón, y padecÃa casi tanto como la pobre Ketty, que en aquel momento estaba llorando en la estancia contigua.
—SÃ, conde —decÃa lady Clarick con su voz más dulce y estrechándole con ternura la mano—; sÃ, el amor de que han sido mensajeras vuestras miradas y vuestras palabras cada vez que nos hemos encontrado me llena de dicha. También yo os amo, conde. ¡Oh! Mañana, mañana, quiero me deis alguna prenda que me pruebe que pensáis en mÃ, y como podrÃais olvidaros de mÃ, tomad.
Y, quitándose una sortija del dedo, la puso en el de D’Artagnan, quien recordó haber visto aquella alhaja, que era un magnÃfico zafiro rodeado de brillantes, en la mano de lady Clarick.
El primer arranque de nuestro gascón fue devolver la sortija, pero milady añadió: