Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Esa sortija la poseo yo, amor mÃo —repuso el gascón—. El Wardes del jueves y el D’Artagnan de hoy son la misma persona.
El imprudente mozo esperaba una sorpresa asociada al pudor, una tormenta que se resolverÃa en lágrimas; pero se engañaba, y su error no duró mucho tiempo.
Milady se irguió, pálida y terrible, y rechazando a D’Artagnan de un violento puñetazo en el pecho, se lanzó fuera de la cama.
El dÃa brillaba ya casi en todo su esplendor.
D’Artagnan retuvo a milady por su peinador de fina tela de Indias, para implorar su perdón; pero aquella, con ademán rápido y resuelto, intentó huir, y la batista se desgarró, dejando al descubierto los hombros, mórbidos y blancos, en uno de los cuales D’Artagnan vio con pasmo indecible una flor de lis, marca indeleble que imprime la mano del verdugo.
—¡Gran Dios! —exclamó D’Artagnan, soltando el peinador, y quedando mudo, inmóvil y como petrificado en la cama.
Milady vio en el espanto del mozo que este acababa de descubrir su secreto, secreto terrible e ignorado de todo el mundo, menos de él, y volviéndose, no ya como mujer furiosa, sino como pantera herida, exclamó:
—¡Ah!, miserable, me has traicionado cobardemente, y además conoces mi secreto. ¡Vas a morir!