Los Tres Mosqueteros

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Y, abalanzándose a su cofrecito de marquetería, colocado sobre el tocador, lo abrió con mano febril y temblorosa, sacó de él un puñal con mango de oro, sumamente aguzado y de hoja delgada, y de un brinco se precipitó sobre el medio desnudo D’Artagnan.

Este, asustado a pesar de su bravura, al ver el rostro descompuesto, los ojos horrorosamente dilatados, las pálidas mejillas y los ensangrentados labios de milady, retrocedió hasta el pasadizo, como lo hubiera hecho a la aproximación de una serpiente que se hubiese arrastrado hacia él, y, cogiendo con mano sudorienta su espada, la desenvainó.

Sin embargo, milady, sin hacer caso alguno de la espada, se encaramó a la cama con objeto de herir al mozo, y no se detuvo hasta que sintió en la garganta la aguzada punta de la tizona de D’Artagnan; mas no por esto se rindió, al contrario, intentó coger la espada con las manos, siguiendo con frenético furor todos los movimientos que a su arma imprimía el mozo, que tan pronto se la apuntaba a los ojos como al pecho.

D’Artagnan se dejó deslizar de la cama y se batió en retirada, buscando la puerta que conducía al cuarto de Ketty, acosado incesantemente por milady, que rugía de un modo formidable.

Como aquella lucha tenía todas las apariencias de un duelo, el gascón fue serenándose poco a poco.


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