Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Bien, muy bien, mi hermosa dama —decÃa D’Artagnan—; pero calmaos, u os dibujo otra flor de lis en las mejillas.
—¡Infame! ¡Infame! —aullaba milady, persiguiendo al mozo que, sin dejar de buscar la puerta, se mantenÃa a la defensiva.
Al oÃr el ruido que hacÃan los combatientes, milady derribando muebles para acercarse a D’Artagnan, y este abrigándose tras los muebles para ponerse a cubierto de milady, Ketty abrió la puerta.
El mozo, que sin cesar maniobrara para llegar a la puerta de comunicación y que no se hallaba más que a tres pasos de ella, de un salto se plantó en el dormitorio de la doncella, y con la rapidez del rayo cerró la puerta, en la que se apoyó con todo su peso, mientras Ketty echaba el cerrojo.
Entonces milady, con una fuerza superior a la de una mujer, intentó forzar la barra que la encerraba en su dormitorio, y al ver que no podÃa lograrlo, en medio de una lluvia de terribles imprecaciones acribilló la puerta a puñaladas, algunas de las cuales atravesaron en todo su espesor las tablas.
—Pronto, pronto, Ketty —dijo D’Artagnan a media voz—, hazme salir de esta casa, pues si a milady le damos tiempo de serenarse, me hará matar por sus lacayos.