Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Grimaud, al ver los bigotes y la desnuda espada del gascón, advirtió que tenía que habérselas con un hombre, y tomándolo por un asesino, empezó a pedir socorro a grandes voces.

—Cállate, desventurado —dijo el mozo—, soy D’Artagnan, ¿no me conoces? ¿Dónde está tu amo?

—¡Vos, m. D’Artagnan! Es imposible —exclamó el lacayo.

—Me parece que habláis demasiado —dijo Athos saliendo de su cuarto envuelto en una bata.

—¡Ah! Señor, es que…

—¡Silencio!

Grimaud se limitó a mostrar con el dedo a D’Artagnan.

Athos, a pesar de su carácter tranquilo, al conocer a su amigo y al verlo vestido de tal suerte, se echó a reír a carcajadas; y no había para menos, pues D’Artagnan llevaba al sesgo las tocas, las faldas caídas, arremangadas las mangas y los bigotes erizados de emoción.

—No os riáis, amigo mío, no os riáis, porque por la salvación de mi alma os digo que no es el caso para tomarlo a risa —exclamó D’Artagnan con ademán tan solemne y pavor tan real, que Athos le cogió al punto las manos y le dijo:

—Estáis muy pálido, mi buen D’Artagnan; ¿venís herido?


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