Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —No, pero acaba de sucederme un lance terrible. ¿Estáis solo?
—¿Quién diablos queréis que esté en mi casa a estas horas?
—Bien, bien —repuso D’Artagnan, entrando apresuradamente en el dormitorio de Athos.
—Explicaos, mi buen amigo —dijo el mosquetero, cerrando la puerta y corriendo los cerrojos para que nadie pudiese interrumpirles—. ¿Ha muerto el rey? ¿Habéis matado al cardenal? Tenéis la fisonomÃa desencajada. Vamos, hablad, pues os juro que me mata la zozobra.
—Athos —dijo D’Artagnan, quitándose las ropas mujeriles y quedando en camisa—, disponeos a escuchar una historia increÃble, inaudita.
—Ante todo, tomad esta bata —dijo el mosquetero, entregándole una a su amigo.
D’Artagnan se puso la bata, pero tan conmovido estaba, que tomó una manga por otra.
—¿Qué pasa? —dijo Athos.
—Pasa —profirió el mozo, inclinándose hasta la oreja de su amigo y hablando en voz baja— que milady tiene una flor de lis en el hombro.
—¡Ah! —exclamó el mosquetero, como si hubiese recibido una bala en mitad del corazón.
—¿Tenéis la Ãntima seguridad de que la otra está muerta? —dijo D’Artagnan.