Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Pues no os durmáis —repuso Athos—. Si el cardenal no os admira por lo de Londres, en cambio os profesa un odio profundo; pero, como al fin y al cabo no puede ostensiblemente echaros nada en cara, y es menester que el odio se sacie, particularmente cuando es un odio de cardenal, vivid ojo avizor. Si salís, no lo hagáis solo; si coméis, tomad precauciones; en una palabra, desconfiad de todo, hasta de vuestra propia sombra.

—Por fortuna —dijo D’Artagnan—, no se trata más que de llegar sin tropiezo hasta pasado mañana; una vez en el ejército, solo deberemos temer a los hombres.

—Mientras —repuso Athos—, renuncio a mis proyectos de reclusión, y voy a todas partes con vos: es necesario del todo que volváis a la rue des Fossoyeurs, y allá os acompaño.

—Pero por muy cerca que esté mi casa no puedo regresar a ella vestido de esta suerte —objetó D’Artagnan.

—Es cierto —dijo Athos tocando una campanilla. Grimaud entró, y su amo le hizo seña de que fuese a casa de D’Artagnan y trajese ropas.

El lacayo indicó, por medio de otra seña, que había comprendido, y salió.


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