Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Poco provechoso nos resulta todo eso para el equipo —repuso Athos—, porque o mucho me engaño o habéis dejado vuestro traje en casa de milady, que seguro que no os lo devolverá. Por fortuna, poseéis el zafiro.

—El zafiro es vuestro —mi querido Athos—; ¿no me dijisteis que era una alhaja de familia?

—Sí, mi padre lo compró por dos mil escudos, según me dijo él mismo; formaba parte del regalo de bodas que hizo a mi madre, y es magnífico. Mi madre me lo dio, y yo, que era un atolondrado, en vez de guardar la sortija como una reliquia santa, la di a mi vez a esa infame.

—Recobrad, pues, esta sortija, a la cual comprendo que debéis tener apego —profirió D’Artagnan.

—¡Recobrarla yo después de haber pasado por las manos de esa perdida! —exclamó Athos—. ¡Nunca! Esa sortija está mancillada.

—Pues vendedla.

—¡Vender una alhaja que procede de mi madre! Sería una profanación.

—Entonces, empeñadla; bien os prestarán sobre ella mil escudos, que os bastarán y sobrarán para ocuparos de vuestro equipo; luego, cuando entréis otra vez en fondos, la desempeñáis, y así la recobráis limpia de sus antiguas manchas, ya que habrá pasado por las manos de los usureros.


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